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Condenado a 38 años cárcel, capo rumano

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El capo rumano que esclavizaba a jóvenes en Madrid, condenado a 38 años de cárcel.

Los 14 miembros de la organización pegaban violentas palizas a las chicas para obligarlas a ejercer la prostitución; también les tatuaban códigos de barras o el nombre de sus ‘dueños’ en sus muñecas.

 
La Sección Quinta de la Audiencia Provincial de Madrid ha condenado a 38 años de prisión Iulian Tudorache, el líder de la trama de rumanos que esclavizaba a mujeres jóvenes –mayores y menores de edad– y las explotaba sexualmente en la capital de España. La sentencia, firmada el pasado 14 de abril, también castiga con entre uno y 31 años de cárcel a los 13 compinches de Tudorache que se repartían las tareas de captación de chicas, su control y la recaudación del dinero.
La detención de los componentes de la trama –entre los que se incluían el tío, la mujer y la hija de Tudorache– facilitó la liberación de cinco chicas que ahora serán indemnizadas por los condenados. Entre estas se encontraba la menor que escapó dos veces de la esclavitud sexual a la que le sometía la organización tras ser traída desde Rumanía engañada por uno de los miembros de la banda, Traian Iulian Dumitrana, quien se aprovechó de la “difícil situación económica” que sufría la chica y de su bajo nivel cultural –ella no sabía leer ni escribir– para prometerle un trabajo en España. Le pagó el viaje, le tramitó la documentación y se vino con ella desde Bucarest hasta Madrid en autobús.
Cuando llegaron a la estación de Méndez Álvaro, les esperaba Tudorache, quien junto a otro miembro de la trama trasladó a la menor en coche hasta el piso donde ambos vivían en la avenida del Mediterráneo de Valdemoro, donde ya había otras tres chicas rumanas que estaban siendo explotadas sexualmente. Fue en ese momento cuando la inocente niña se enteró de la realidad: venía a ejercer la prostitución para sus nuevos dueños.

Ella se negó y Tudorache le dio la primera paliza, le obligó a vestir “ropa sugerente”, le retiró los papeles mientras tramitaba una nueva documentación que falseara su edad y le trasladó a la calle Montera junto a sus tres compañeras de esclavitud. Mientras, el amigo en el que había confiado su vida regresaba a Rumanía cual transportista que vuelve a casa tras entregar la mercancía.
Después de aquella primera noche de horror, la chica siguió oponiéndose a los deseos de sus captores, que la golpeaban con cables doblados en brazos, piernas y espalda y le daban puñetazos en la cara con el fin de doblegarla. Los traficantes consiguieron así que ella continuara ejerciendo la prostitución hasta la noche del 13 de diciembre de 2011, cuando un taxista la ayudó a escapar.
El hombre la alojó en su casa aquella noche y al día siguiente la llevó a una comisaría. La Policía la derivó a una oenegé, que la atendió durante unos días. Hasta que, como dijo durante el juicio una de las responsables de la organización de acogida, la joven prefirió irse con una amiga que había conocido.
Los hombres de Tudorache, que no se dieron por vencidos, siguieron buscaron a la joven hasta que la localizaron días después en la Casa de Campo de Madrid, donde se encontraba con la mencionada amiga. La metieron en un coche, la llevaron a Valdemoro y la azotaron con cables, la machacaron a puñetazos, la acribillaron a patadas, le clavaron la punta de un cuchillo por todo el cuerpo, le golpearon con una barra de hierro, le rasuraron el pelo, le rociaron la cara con un spray y le hicieron un tatuaje en la muñeca derecha. Luego la exhibieron ante el resto de mujeres con el fin de que éstas vieran las consecuencias que tenía desobedecer a los explotadores.
Todos estos malos tratos, además, fueron grabados con el móvil del propio Tudorache, que incluso se jactó por teléfono de lo que había hecho mientras hablaba con otro miembro de la banda, conversación que captó la Policía y a la que hace referencia la propia sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid.

Código de barras que una de las chicas tenía tatuado (EC)
Código de barras que una de las chicas tenía tatuado (EC)

El tatuaje –un código de barras sobre la cifra 2.000, que representaba el dinero que les había costado traerla– se convirtió posteriormente en el símbolo de la campaña de lucha contra la trata de personas emprendida por la Policía y la Fiscalía con base en la reforma legislativa de 2010.

Tras la paliza, la menor no volvió a salir de la vivienda de los horrores, donde se dedicó a tareas de limpieza, hasta que fue rescatada por la Policía días más tarde. Los secuestradores, mientras, fueron a por una nueva víctima a Bucarest para sustituir a la menor. La convencieron también bajo la amenaza de castigar a su familia y le infligieron torturas similares a las que sufrió su antecesora con el fin de someterla y que ejerciera la prostitución para ellos. Tudorache incluso también le hizo un tatuaje, aunque esta vez con la inscripción Nelutu –que era el alias con el que los componentes de la banda conocían a su jefe–, que tenía la finalidad de marcar su terreno y mostrar que la chica era de su propiedad.

Los procedimientos utilizados por el jefe de la trama eran extremadamente violentos, hasta el punto de que, según recoge otra conversación telefónica intervenida por la Policía, en una ocasión éste golpeó a una de las chicas porque se había quedado embarazada. “Le di hasta que no pude más”, aseguró Iulian Tudorache al interlocutor al que contaba cómo había sido el atropello.

Las dos chicas y las otras tres que llegaron antes fueron liberadas finalmente el 17 de marzo de 2012, después de que el Juzgado número 52 de Madrid autorizara la entrada y registro de la vivienda de Valdemoro. La Policía encontró agujas y una máquina para hacer tatuajes, un spray, siete teléfonos móviles utilizados por los condenados para controlar a las mujeres, casi 8.000 euros en metálico y documentación falsa.

La menor regresó de nuevo a la oenegé. Su estado, según la responsable de la entidad asistencial, “era deplorable”. “Estaba absolutamente hundida, destrozada”, indicó en el juicio. Esta vez, la joven sí aceptó la ayuda que le ofrecieron y se quedó en la institución.

Los procedimientos utilizados por el jefe de la trama eran extremadamente violentos

Dos días después, el mismo juzgado permitió a la Policía acceder a otras dos viviendas que la organización tenía en Getafe –regentada por Iancu Tudorache, hermano del jefe del grupo– y en Madrid –ocupada por Daniel Lazar y Mihaela D. Mihai–, donde los agentes encontraron varias pistolas, un revólver, una catana, una espada “tipo gladiador”, un machete, una bayoneta militar, una defensa metálica, dos cuadernos con anotaciones sobre los ingresos obtenidos gracias a la trata de las chicas, más de 140.000 euros procedentes de las actividades ilícitas, joyas, un hacha, unas esposas, teléfonos móviles y coches de alta gama.

Las llamadas por los móviles que los condenados entregaban a las chicas para controlarlas –les entregaban también unos pinganillos para darle instrucciones en directo– sirvieron a los investigadores para determinar los numerosos golpes y amenazas que recibían continuamente. “Nos ha pegado a todas… Me ha cogido abajo, me ha lanzado al suelo y me ha tirado de los pelos”, dijo en una ocasión una víctima a otra en relación a una paliza propinada por Aurora Tudorache, mujer del jefe y colíder de la organización.

La trama estaba organizada y cada uno de los componentes tenía asignada una función. Iulian Tudorache y su mujer Aurora eran los cabecillas, su hija Georgina Tudorache recaudaba el dinero a las esclavas y las vigilaba junto a Lazar. Carol Andrei Cristescu y Alexandru Adrian Constantinescu las trasladaban de la casa a la calle Montera y vuelta.

Los 14 detenidos han sido condenados por los delitos de trata de seres humanos con fines de explotación sexual a menores, detención ilegal, prostitución coactiva, lesiones, resistencia a la autoridad, falsedad en documento oficial y tenencia de armas prohibidas.
Fuente: elconfidencial

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