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Cuando el norte es el sur

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de Miguel Lorente Acosta en Público.

OPINIÓN

Podría parecer el mundo al revés, pero sólo es la cara B de un disco en el que la música oculta las voces y gritos generados por la violencia al compás de un lamento. Es la cara que se ha ocultado para esconder las cicatrices que la cultura desigual y machista ha producido sobre el rostro de las mujeres.

Lo terrible del resultado de la “Encuesta Europea sobre Violencia contra las Mujeres” no es lo que revela, sino la demostración de lo que se ha estado ocultando durante tantos años, esa violencia que los hombres han ejercido sobre las mujeres con la complicidad de una cultura y el silencio de una sociedad que prefería mirar hacia fuera para no verse reflejada en los espejos de los hogares violentos.

El 33% de las mujeres de la UE ha sufrido violencia física o sexual por parte de un hombre, la mayoría dentro de una relación de pareja, y para sorpresa de muchas personas, la prevalencia más alta aparece en los países nórdicos, en ese Norte europeo que siempre ha sido presentado como ejemplo de igualdad. En cambio, el Sur latino de España e Italia o Grecia, Chipre y Malta… refleja una prevalencia más baja en la violencia de género.

Son varios los factores que influyen en este resultado. El primero de ellos es la diferente concienciación social sobre igualdad y violencia de género que existe en los distintos países. No hay que olvidar que la violencia contra las mujeres nace de la construcción cultural que lleva a definir la identidad masculina como una referencia para marcar las pautas y resolver los conflictos que surjan dentro de las relaciones, y de manera muy especial de las relaciones con las mujeres, a quienes la misma cultura sitúa en una posición inferior y sometidas a esos hombres referentes. Cuando todo transcurre según el guion escrito, el propio control social y la distribución desigual de roles hace que no haya problemas, pero cuando se produce un conflicto en la relación muchos hombres entienden que su obligación es resolverlo imponiendo su criterio, incluso recurriendo si es necesario al uso de la violencia.

Este modelo tradicional ha sido cuestionado conforme la sociedad ha evolucionado hacia la igualdad, recorrido que ha sido y es liderado por las mujeres gracias a la crítica que el feminismo ha hecho de él. No aparece en esta encuesta, pero en el Eurobarómetro de 2010 el 3% de la población de la UE entendía que la violencia contra las mujeres era aceptable, concretamente un 2% decía que lo era en alguna ocasión y un 1% que era aceptable siempre… De ese modelo de “normalidad” hablamos.

El cuestionamiento ha llevado a que muchas de esas conductas de control y violencia entendidas como “normales” ya no sean reconocidas como tales y sean claramente identificadas como violencia. Y esta circunstancia crítica, lógicamente, se produce con más intensidad en los países que más han avanzado hacia la igualdad, que son los nórdicos, por lo que es en ellos donde algunas conductas que en otros países se consideran “normales” o “aceptables” se ven como violencia.

Otra consecuencia del mayor grado de concienciación es la crítica de las mujeres a esa normalidad tradicional dentro de las relaciones, que no aceptan las imposiciones restrictivas de una cultura ni las exigencias y límites que intentan establecer los hombres dentro de la relación. Esta “rebeldía” es la que lleva a que muchos hombres las intenten someter por medio de la violencia y que, por tanto, sufran más agresiones en esa primera fase, aunque después salgan de la relación y no la vuelvan a sufrir, pero ya se van de ella con la huella del golpe como parte de la prevalencia. Esta situación es la que hemos visto en España con las Macroencuestas de 2006 y 2011, en la que se ha pasado de 400.000 mujeres maltratadas al año en 2006 a 600.000 en 2011, justo en el momento en que más recursos y concienciación había. La actitud crítica de las mujeres las ha llevado a cuestionar los roles tradicionales, lo cual ha generado en muchos casos la respuesta violenta de los hombres para intentar someterlas, de ahí el incremento de la violencia junto al aumento de la concienciación. No lo han conseguido, puesto que el mismo estudio revela que el 85% de las mujeres salieron de la relación violenta, pero el cambio de las mujeres sin que los hombres cambiaran no impidió la violencia.

El otro elemento que influye en la elevada prevalencia de la violencia contra las mujeres en los países nórdicos, es el componente de violencia sufrida por parte de hombres con los que no compartían una relación de pareja, que en el Norte es mucho más elevado que en los países del Sur de la UE. De algún modo el dato indica que la violencia que sufren las mujeres en países como Suecia, Dinamarca o Finlandia se produce más fuera de las relaciones de pareja, mientras que en otros países más al Sur ocurre dentro de la pareja. Esta situación es compatible con el modelo de relación igualitaria que existe en los países del Norte, que si bien ha logrado grandes transformaciones sociales, aún no ha conseguido la transformación en la identidad de muchos hombres, que todavía ven a las mujeres como un objeto en el que plasmar su violencia.

Y el tercer factor que influye en estos resultados es la adopción de medidas específicas para combatir la violencia y lograr prevenirla. Es cierto que la promoción de la igualdad es un elemento clave para evitar la violencia contra las mujeres, pero esta violencia está situada en lo más profundo de la desigualdad, en el núcleo de las ideas y emociones que llevan a los hombres y a la cultura que los ampara a entenderla como un instrumento adecuado para resolver sus conflictos. Por eso no bastan los cambios superficiales y hay dirigirse específicamente a erradicar los elementos asociados a las conductas violentas.

Los países nórdicos han trabajado mucho la promoción de la igualdad, sobre todo en términos de igualdad de oportunidades laborales y de conciliación de la vida familiar con el trabajo, algo que ha sido muy positivo, pero no han trabajado tanto sobre la construcción de las identidades masculina y femenina, ni tampoco han desarrollado medidas centradas en la erradicación de la violencia de género, de ahí que se echen en falta unos mejores resultados en la práctica.

Mi experiencia durante la Presidencia española de la UE me permitió trabajar con todos los Estados miembros, por entonces 26 más, y pude ver cómo el Sur, concretamente nuestro país, era el Norte en el camino a seguir para avanzar en la erradicación de la violencia de género, y cómo nuestra Ley Integral y el entonces Ministerio de Igualdad eran los vehículos que todos miraban para subirse y hacer el recorrido. Se aprobó por unanimidad una Estrategia Europea para la erradicación de la violencia contra las mujeres, y de ella surgió el estudio que ahora hemos conocido.

En el planeta de la desigualdad no hay Norte ni Sur, ni sol ni estrellas, la luz que debe alumbrar e indicar cómo salir de él para alcanzar el “planeta igualdad” está en nuestro interior, en el conocimiento que permita tomar conciencia de la realidad para cambiarla, y para no amparar más la violencia contra las mujeres ni a los violentos. Ya no hay excusa.

Miguel Lorente Acosta. Exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género.

Fuente: www.caffereggio.net

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