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Diez argumentos que desmontan la teoría de que hay que legalizar la prostitución

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En esta problemática materia todo el mundo parece lejos de haber dicho la última palabra.

 

La Jonquera es una zona con un elevado índice de prostitución en la carretera LVD
La Jonquera es una zona con un elevado índice de prostitución en la carretera LVD

En materia de prostitución todo el mundo parece lejos de haber dicho la última palabra. La sociedad sigue encauzada en la senda del debate y la reflexión, forjándose opiniones de amplio espectro que van desde el prohibicionismo recalcitrante de raíz moral/religiosa hasta el legacionismo pragmático que asume que el cuerpo es susceptible de liberarse de toda emoción que le impida sacar partido mercantil de sí mismo. El problema, según el legacionismo, se reduce al estigma.

Son posturas ambas que pivotan sobre la atávica idea de la carne culpable, necesitada –o no– de liberarse de tal culpa.

Sin embargo, entre estos dos extremos de un mismo hilo conductor han ido surgiendo estas últimas décadas posturas de mayor calado social que intentan observar la cuestión desde un punto de vista más amplio y constructivo. Ahí se dan la mano las feministas que buscan defender los derechos de las personas prostituidas, si bien desde distintas perspectivas. Las hay que consideran que el mejor medio para este fin es una regulación de la actividad que permita a esas personas prostituirse libremente, empoderarse económicamente, liberarse del estigma social y, al fin, tener opciones de abandonar el negocio y optar –o no– por otro modus vivendi. Ahí la continuidad favorable y el reconocimiento social de la prostitución sería considerados un peaje, un mal menor en el marco de una sociedad del bienestar en la que el Estado pasaría a recaudar impuestos y se convertiría, según la ley en vigor, en proxeneta.

Al mismo tiempo, ha ido tomando fuerza la ambiciosa postura del movimiento abolicionista que busca ir a la raíz de un problema que atañe, aseguran, a los derechos humanos. Derechos que en tanto que esenciales están fuera de discusión: los de toda persona a no ser abusada ni utilizada sexualmente, ni de forma gratuita ni a cambio de ninguna prebenda o compensación económica. En este caso, el foco del asunto pasa a dirigirse a las personas que se sitúan al otro lado del mostrador, esto es, la demanda, la clientela, los puteros y las puteras. Sin demanda la oferta desaparece, y según esa elemental ecuación de las leyes del mercado, la sociedad se pondría a trabajar para extinguir el llamado oficio más antiguo del mundo.

En este marco ya de por sí complejo irrumpen periódicamente nuevas generaciones de políticos entusiastas que en ocasiones creen aportar una mirada fresca y liberada sobre un asunto que a simple vista va de sexo, por lo que el hecho de estar dispuesto a abordarlo ya les confiere valentía y atrevimiento. En su argumentario –para el que no siempre ahondan previamente en lo ya discutido en los hemiciclos europeos– es recurrente la descalificación de ideologías abolicionistas basándose en el supuesto conservadurismo de las feministas que lo defienden. Y también en su edad.

Valga este como primer ítem de una guía para defender más eficazmente la legalización de la prostitución.

1. Evitar invalidar a las mujeres feministas abolicionistas tildándolas de “mayores”. Denota sexismo, del más elemental y arraigado de la sociedad patriarcal.

2. Evitar establecer paralelismos normalizadores alegando por ejemplo que también “las secres se someten a sus jefes”.

3. Evitar reducir todo el asunto a que “la sociedad ha sacralizado el sexo” y proponer acto seguido como solución el desacralizarlo, aprovechando sus réditos comerciales para de este modo engrosar el PIB.

4. Evitar dar por sentado que la prostitución es sexo. Y dar por sentado que de él participa la persona prostituida… una idea muy literaria que en muchos casos sólo consigue ponerse en duda cuando se plantea la relación inversa a la mayoritaria: esto es, un prostituto que se ve obligado, por ejemplo, a utilizar su boca para dar placer a una mujer que no le resulta sexualmente apetecible ni atractiva.

5. Evitar presuponer que la clientela está esperando el momento en el que poder pasearse abiertamente por los prostíbulos legalizados. Baste preguntarse si no es el lado oscuro y la clandestinidad lo que más dividendos aporta a la caja.

6. Evitar escudarse en que una cosa es explotación sexual y otra prostitución sin aportar estrategias claras sobre cómo discriminar entre quienes se prostituyen a gusto en un prostíbulo y quienes no.

7. Evitar descalificar opiniones contrarias alegando que sólo las prostitutas saben de qué hablan y es a ellas a quienes hay que escuchar (no está de más recordar que la pervivencia de la prostitución es el resultado de determinados pensamientos políticos que rigen las relaciones entre sexos y la identidad sexual de las personas, condicionando las mismas en el seno de la sociedad, por lo que nadie es ajeno a ellos).

8. Evitar ignorar lo andado por movimientos feministas más avanzados, como el de Suecia, donde ya en los años sesenta del siglo pasado muchas jóvenes creyeron liberarse sexualmente mediante la práctica de la prostitución para luego darse cuenta de que el tabú y el estigma social era el menor de los problemas en “el oficio”.

9. Evitar anclarse en la idea de que lo retrógrado es ser contrario/a a la prostitución. Si es el más antiguo de los oficios y el patriarcado lo ha avalado en todas sus formas hasta el día de hoy, por lo que muy moderna no debe ser.

10. Evitar pensar que es de ilusos/as tener fe en el género masculino como impulsor del abolicionismo de la prostitución.

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