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Erradicar la homofobia, abolir la prostitución

Publicado en: Artículos de Opinión | 0

La prostitución es un sistema social para la quema de mujeres, que las consume como el carbón para alimentar la máquina de vapor del deseo de los varones.

Por: Ramón Martínez

Qué tendrá que ver la discriminación hacia lesbianas, gais, bisexuales y transexuales con la cuestión de la prostitución… Dejando a un lado que ambos son los temas que más interés me suscitan en el activismo social, me gustaría demostrar con estas líneas que su vinculación es mucho más estrecha de lo que pudiera parecer a primera vista; que las reivindicaciones del Feminismo y del Movimiento LGTB no sólo han venido enriqueciéndose mutuamente a lo largo de las últimas décadas, sino que deben seguir haciéndolo. Porque por caminos paralelos, a veces felizmente encontrados, avanzan contra un mismo adversario.

Últimamente la prostitución vuelve a estar presente en el debate público, si es que alguna vez dejó de estarlo. Tras el compromiso electoral de Ciudadanos de regularla como actividad profesional si alcanzara el gobierno, y con una bendición indirecta de Podemos, que también se posiciona habitualmente en el regulacionismo, los medios de comunicación han ido publicando reportajes y entrevistas que trataban de encaminar la opinión pública hacia el convencimiento de que el cuerpo humano es un bien de consumo que puede alquilarse a voluntad. Bien es cierto que, en una primera lectura, cualquiera puede caer en el error de defender que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera, amparándose en la defensa de una pretendida libertad, siempre individualista.

Y es lógico que esto suceda, porque las reglas culturales con que nos educamos están teñidas del individualismo de nuestra época y de un machismo omnipresente, que incluso nos mueve a pensar que tolera de buen grado la libertad de las mujeres… siempre que sea para decidir lo que los varones quieren que decidan.

Yo mismo puedo ponerme de ejemplo: hace muchos años, en mi inconsciencia, creía que era la regulación de la prostitución el mejor camino para solventar los problemas sociales de las mujeres prostituidas… pero me encontré con el Feminismo y, como es habitual, ese encuentro cambió mi forma de pensar.

Porque sucede que esta defensa de la regulación de la prostitución es muy antigua. Ha habido épocas en que los espacios destinados a ese “trabajo” fueron incluso concesionarios públicos. Y la consecuencia constante es que lo único que se consigue con la regulación es empeorar los problemas que supuestamente se pretendía resolver.

El caso más indignante es Alemania, donde la única “libertad” que se ha visto defendida realmente es la de los proxenetas y “empresarios del sexo” que, como el número de mujeres prostituídas, como la trata, se ha incrementado. Resulta muy sospechosa una política que se defiende como destinada a aumentar la autonomía de las mujeres y que luego se concrete en que, entre las más de 400.000 inscritas como ejercientes de esta “profesión” en Alemania, sólo 44 sean “trabajadoras” autónomas.

La metáfora es evidente: para garantizar los derechos de uno sólo de los árboles, la regulación de la prostitución permite que se propague el incendio por todo el bosque. Y sopla, y sopla, y sopla, como el lobo que viene a derribar la casa, como el diablo del refranero machista que afirmaba que el hombre es fuego y la mujer estopa.

La prostitución es un sistema social para la quema de mujeres, que las consume como el carbón para alimentar la máquina de vapor del deseo de los varones. Dice el mito que algunas se entregan a las llamas de buen grado, porque así lo han decidido libremente. Y habría que considerar muchas cosas sobre esta libertad. Primero, que una libertad condicionada por la necesidad de sustento no es una libertad verdadera.

Segundo, que habrá que plantearse si una decisión individual que compromete la libertad de terceras personas, de otras muchas mujeres, es verdaderamente libre. Y, por supuesto, que estas mujeres “libres para decidir” suponen en todo caso un número ínfimo del total de mujeres prostituidas, apenas un 10 %. El resto son las víctimas de la trata. Y unas y otras tienen un fin último: perpetuar el privilegio masculino de ser sujeto del deseo, nunca objeto, de exigir que sus apetitos sean saciados, de seleccionar los cuerpos que pretende consumir, de juzgar sobre todos ellos en lo que piensa que es un mercado dispuesto para él.

Es lógico así que el Feminismo lleve décadas sosteniendo una postura abolicionista -salvo misteriosas excepciones que parecen más propias de una revancha patriarcal que de un discurso feminista-. Para asegurar la libertad de las mujeres resulta fundamental, ante todo, que no puedan ser consideradas objetos de ningún tipo de deseo, que no recaiga sobre ellas la carga de ser quienes sacien los apetitos de nadie, que no puedan ser nunca consumidas ni juzgadas, porque no son un objeto de consumo. Son sujetos. Son personas. Son mujeres.

Y todo esto lo afirmo desde mi voz de varón, claro está, pero lo digo porque es lo que me han enseñado las mujeres, y porque creo necesario repetirlo una y mil veces. Porque yo no dispongo de todos los privilegios que se me suponen como varón, porque no soy heterosexual, y soy también víctima de todo tipo de discriminaciones; y quizá por eso he llegado a diferenciar debidamente lo que es un derecho de lo que es un privilegio, y por eso mismo me siento cercano a las reivindicaciones del Feminismo.

Y es que lesbianas, gais, bisexuales y transexuales sufrimos a diario la homofobia -y bifobia y transfobia-, que es la otra cara de la moneda del machismo, una más de las cabezas de la hidra de la discriminación de los roles de género.

Hemos conseguido, por fin, que las agresiones que padecemos aparezcan en los medios de comunicación. 2016 ha empezado especialmente agresivo contra las personas no heterosexuales, pero también para las mujeres.

No deja de preocuparme que determinados medios y determinados partidos políticos se acerquen con tanta devoción a la reivindicación LGTB en lugar de condenar con más rotundidad la violencia de género, porque me temo que, en el fondo, están más dispuestos a denunciar la violencia que sufre un determinado tipo de hombres, los gais, a dar una respuesta a la violencia que sufren todas las mujeres.

En todo caso, es preciso dejar bien claro que nuestros agresores también siguen unos muy precisos mandatos de género. Porque suelen ser varones que consideran que nuestra Diversidad Sexual y de Género debe ser corregida o eliminada.

Varones que piensan que las mujeres lesbianas y bisexuales deben someterse a sus privilegios y acceder a satisfacer su deseo viril, no a compartir el placer con otras mujeres; que interpretan que un hombre trans debe ser devuelto al género al que nunca perteneció para someterse al imperio de “los hombres de verdad”; que un hombre gay o bisexual ha desobedecido el primer mandato de la masculinidad, “no serás penetrado”, y su pecado debe recibir una penitencia reparativa.

Varones para los que la existencia de las mujeres trans les supone un cuestionamiento tan absoluto de todos los mandatos de género que no se atreven a poner en duda que la única reacción que creen posible es la agresión o el asesinato.

Hay una relación evidente entre prostitución y homofobia -y bifobia y transfobia-. Y es que el prostituyente, el “cliente”, y el agresor de las personas no heterosexuales coincide en sus rasgos. Rasgos estereotípicamente masculinos, que le permiten el juicio y la condena, el consumo y la violencia.

Por eso un camino paralelo para erradicar la violencia contra lesbianas, gais, bisexuales y transexuales es la abolición de la prostitución, porque sólo haciendo desaparecer esos privilegios masculinos que se perpetúan mediante el comercio de cuerpos de mujeres -y que se afianzan cuando se regula- es posible llegar a la construcción de una nueva masculinidad no agresiva, que no seleccione y compre cuerpos para satisfacer sus deseos ni se arrogue el derecho a juzgar y condenar la Diversidad Sexual y de Género. Cada vez más gente espera al “Hombre Nuevo” que esperaba Kolontai.

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