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La falta de recursos obliga cada vez más a las españoles a vender su cuerpo

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Prostitución: un callejón sin salida

«Empecé a ejercer la prostitución cuando ya no podía hacer frente a los gastos y aunque haga la calle sigo malviviendo». Este es el testimonio de una vecina de Córdoba que hace año y medio decidió vender su cuerpo como solución para dejar atrás los apuros económicos por los que pasaba. «Acudo al Banco de Alimentos, a Cáritas o Cruz Roja, donde haga falta», señala. Esta mujer se vio abocada a prostituirse cuando su vida cambió radicalmente. Un día se encontró abandonada por su pareja, con hijos menores, un alquiler que pagar, una mesa que poner… y todo a expensas del dinero que le pasaba su exmarido, «cuando me llega», reconoce.

Mujeres esperando a clientes en un polígono industrial - VALERIO MERINO
Mujeres esperando a clientes en un polígono industrial – VALERIO MERINO

Detrás de cada mujer que se prostituye hay una historia única. Los motivos y circunstancias que llevan a ofrecer sexo a cambio de dinero son tan variados como prolijos los prejuicios y estigmas sociales. Hay quienes piensan que detrás de cada prostituta hay un chulo, que las mujeres se prostituyen porque es una forma fácil y rápida de ganar dinero, o los que piensan que lo hacen para pagarse otros vicios. En la inmensa mayoría de los casos «se habla de una realidad que se desconoce por completo».
Programa de atención

Así lo señala la coordinadora del programa de atención a la prostitución de Cruz Roja, Ana Montes. Hablar de ello sigue siendo un tabú. Nadie admite a cielo abierto que se prostituye, por las causas que sean, «y eso genera aún más conflicto interno, crea un estado de ansiedad a la persona, que se ve obligada a llevar una doble vida, a ocultar su fuente de ingresos y a vivir constantemente en tensión porque se descubra su secreto», indica Montes. En los ochos años que lleva en marcha el programa de asistencia «no he conocido a nadie que estuviese a gusto haciendo la calle», señala.

«Ellas querer quieren dejarlo», afirma Montes. De hecho, la gran mayoría de mujeres con las que entablan contacto en la calle, en los pisos usados como burdeles o en los clubes de alterne dan el paso y se acercan a pedir ayuda y asesoramiento. «De cada 10 mujeres puedo decir sin riesgo a equivocarme que seis acuden a pedir ayuda», afirma la coordinadora de Cruz Roja. «Otra cosa es que puedan», sentencia.

«Estoy en una edad en la que me es muy difícil encontrar trabajo»

s el caso de la mujer con cuyas declaraciones se abren este reportaje. A día de hoy sigue atrapada en el laberinto de la prostitución. Si ya era difícil para personas sin estudios encontrar trabajo antes de la crisis, ahora las posibilidades son ínfimas. «Además, estoy en una edad en la que es difícil que me cojan para algún trabajo», señala esta mujer, que ronda los cuarenta años.

Aún así, no tira la toalla. Los voluntarios de Cruz Roja indican que cuando la conocieron se presentó con un nombre y una historia falsa. Poco a poco se fue sincerando. Hoy ha perdido el pudor para reconocer ante las personas que le tienden una mano su cruda realidad. Acude al Banco de Alimentos a Cáritas… a donde sea para pedir comida y trabajo. Es una triste historia entre tantas.

 

 

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