La prostituta que quería la despenalización y por qué cambió de opinión al conseguirla.
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La prostituta que quería la despenalización y por qué cambió de opinión al conseguirla.

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A principios de la pasada década, Nueva Zelanda fue un país pionero en el estatus de las trabajadoras sexuales. Los resultados, no obstante, no han satisfecho a todas.

 

 

Durante los últimos años, la neozelandesa Sabrinna Valisce se ha convertido en uno de los nombres de referencia cuando emerge el debate sobre la despenalización de la prostitución, probablemente por su llamativa biografía personal. Fue una activista a favor de la legalización de su labor durante décadas hasta que, finalmente, el Prostitution Reform Act cambió de la noche a la mañana el panorama en el país oceánico. Fue entonces cuando empezaron los problemas y Valisce se replanteó si, en realidad, era la mejor alternativa, o había otras aún más eficientes.
El nombre de la antigua prostituta ha vuelto a saltar a la palestra gracias a una entrevista concedida a la BBC, pero es una figura habitual en los medios de comunicación anglosajones: su testimonio fue recogido en ‘You Are Not Alone’, editado por Leah Carey, e imparte regularmente conferencias donde defiende su punto de vista. Su historia, desde luego, sirve de material para reflexionar sobre las contradicciones y puntos débiles de ambas argumentaciones, tanto las de las antiprohibicionistas como las de las abolicionistas. Es una historia más, eso sí, que no recuerda tanto que una de las dos tesis esté equivocada como que desvela los problemas que puede tener una fórmula en principio justa si no se aplica de manera apropiada.

 

¿Qué pasó para que fuese mal?

Valisce comenzó a prostituirse cuando era menor de edad, y en 1989, después de dos años haciéndolo, se unió al Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda (NZPC). Pronto simpatizó con las ideas de sus compañeras, que aseguraban que “el estigma contra las ‘trabajadoras sexuales’ era lo peor, y que la prostitución era un trabajo como los demás”. Pasó a convertirse en una coordinadora de la organización y, gracias a sus esfuerzos durante un cuarto de siglo, en 2003 —finalmente y de forma pionera—, el país de las Antípodas despenalizó la prostitución.

Los burdeles implantaron rápidamente la tarifa ‘todo incluido’, por la que las prostitutas estaban obligadas a hacer todo lo que sus clientes deseaban.

 

 

No lo sabía aún, feliz como estaba por haber alcanzado sus objetivos, pero lo peor acababa de empezar para sus compañeras tras la aplicación del Prostitution Reform Act que, como explicó a ‘Feminist Current’, consiguió lo opuesto de lo que pretendía. Por una parte, porque la rápida legalización de los burdeles tuvo un impacto inmediato en la independencia de las prostitutas. Si estas, en el pasado, eran las que decidían sus límites y las tarifas que ofrecían por cada uno de sus servicios, ahora se implementó la tarifa ‘todo incluido’. A través de ella, se veían obligadas a hacer todo lo que sus clientes deseaban sin cobrar más ni tener capacidad de elección.
Es más, de repente se les animó a adoptar otras prácticas en principio positivas para el negocio, como los besos apasionados o el sexo oral sin protección. Actos que no hacía tanto habían sido rechazados por su carácter íntimo o peligroso, y que de repente se convirtieron en la única manera de competir con otras compañeras, a medida que el modelo de ‘todo incluido’, que confirió poder a los burdeles, dibujó un nuevo panorama en las exigencias de los clientes. Este era aún más duro para las antiguas prostitutas, a medida que la despenalización provocó un efecto llamada que hizo que la oferta y la demanda aumentasen sensiblemente.

No solo eso, sino que muchos hombres comenzaron a incurrir en una especie de ‘violencia cotidiana’, que incluía golpes, ahogamientos, tirones de pelo y otras clases de humillación sexual que antes estaban limitadas. Entre otras razones, porque se pagaban aparte y en unas condiciones que había que negociar con la prostituta, algo que no existía en el modelo ‘todo incluido’. A esta situación había que añadirle un problema adicional, que es que, debido a la despenalización, la policía ya no podía entrar en los burdeles con la misma facilidad, por lo que muchos abusos se obviaban. Un informe publicado en 2007, no obstante, era mucho más benévolo con los resultados del proceso, y ponía de manifiesto que las condiciones laborales, salud e integración social de las prostitutas habían mejorado.

La experiencia de Valisce fue que la despenalización distanció a las trabajadoras y propició una competencia feroz que antes no existía

Valisce siempre se ha mostrado muy crítica con las conclusiones a las que han llegado organizaciones como Amnistía Internacional, que mantiene que “la despenalización da un mayor poder a las trabajadoras sexuales para operar independientemente, organizarse en cooperativas informales y controlar sus entornos de trabajo”. La experiencia de la prostituta fue justo la contraria, ya que este proceso provocó el distanciamiento de las trabajadoras y que perdiesen la independencia económica y de decisión de la que hasta entonces gozaban.

 

El modelo nórdico

Si la prohibición no funcionaba y la despenalización tampoco, ¿qué es lo que propone Valisce? El conocido como modelo noruego, promovido por Cecilie Hoigard, en el que se despenaliza la venta de sexo, pero se prohíbe la compra o su intento. En definitiva, se protege a la prostituta al mismo tiempo que se persigue al cliente. Los detractores de dicho sistema, como la International Union of Sex Workers, recuerdan que criminalizar cualquier aspecto de este intercambio tiene consecuencias negativas, porque disuade a las prostitutas de denunciar las agresiones.

 

Según Bindel, proxenetas y burdeles están muy interesados en la despenalización porque es el modelo que facilitará la expansión de su negocio.

Julie Bindel, defensora de dicho modelo, recuerda en ‘The Guardian’ que no existe ningún dato que apoye dicha tesis, y que desde que el sistema fue implantado en Suecia, ninguna prostituta ha perdido la vida, algo que sí ha ocurrido en los países que han despenalizado la prostitución (el conocido como modelo holandés). En opinión de la autora de ‘The Pimping of Prostitution: Abolishing the Sex Work Myth’ (Palgrave Macmillan), proxenetas y burdeles están muy interesados en esta fórmula, ya que es la que mayores ganancias les reportará.
Otros, no obstante, han señalado la ‘“falacia paternalista’ del modelo nórdico, como ocurre con el profesor Cas Mudde, de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Georgia. Este señala que dicho sistema ignora las opiniones de las profesionales del sexo que, en su opinión, están en su mayoría en contra de la prohibición de cualquiera de los aspectos de su trabajo. La lógica que se encuentra detrás de dicha idea es “paternalismo de izquierdas” que reduce a las prostitutas a “víctimas de la industria del sexo”, lamenta. Los datos presentados por Amnistía Internacional dan la razón a Mudde en lo que se refiere al apoyo de las trabajadoras, que suelen decantarse por la despenalización antes que por la legalización.

Como recordaba la organización, prefieren dicho modelo, ya que la legalización puede “desempoderarlas o llevarlas a la criminalización y a los abusos”. Lo que Valisce defiende, no obstante, es que estos mismos efectos también se producen en el caso de la despenalización. Según Amnistía, por el contrario, “cuando las trabajadoras no son vistas y tratadas como ‘criminales’ o ‘cómplices’, tienen un menor riesgo de ser víctimas de las tácticas policiales más agresivas y pueden solicitar y disfrutar de una mayor protección de las autoridades”. El modelo nórdico, por su parte, “deja claro que comprar a la gente para el sexo está mal y que hay que establecer sanciones que disuadan de hacerlo”.

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