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La violencia sexual contra las mujeres persiste y se extiende

Publicado en: Artículos de Opinión | 0

El más oscuro y secreto maltrato.

 

Violaciones, ciberacoso, trata, ablación o matrimonios forzados comienzan a ser abordados por los juzgados especializados

 

La violencia contra las mujeres va más allá de los malos tratos de la pareja o expareja. Encierra un amplio abanico de agresiones que no han desaparecido, aunque no se les preste tanta atención. Persiste una violencia sexual latente, oculta, sin resolver y difícil de abordar. En primer lugar, las violaciones, que aunque pasen los años y apenas sean noticia, siguen produciéndose con una persistencia que apenas oscila. Los últimos datos, hechos públicos por el ministro del Interior hace unas semanas, hablan de 1.127 casos en el año pasado. Es decir, tres al día, una cada ocho horas. El porcentaje es similar en Andalucía, según los datos que maneja la Junta.

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Un agente de policía custodia a una mujer que tiene una orden de protección. / JAVIER GOICOCHEA

La situación comienza a cambiar. La última reforma de la Ley Integral incluye como violencia de género la violencia sexual en sus diversas formas, desde las violaciones o ciberacoso hasta la trata, la mutilación genital o los matrimonios forzados. La desconexión de ambos aspectos, que se atribuye a la necesidad de acotar en un primer momento legislativo el amplio terreno del feminicidio, comenzará a superarse ahora, pues, con un tratamiento que será penal, pero también desde las políticas públicas.

De esto último se encarga Ángeles Sepúlveda, una prestigiosa médica forense y reconocida feminista, doctorada con una tesis sobre violencia sexual, que participó en los trabajos de la Ley Integral y que aborda su cargo como directora general de Violencia de Género con esta perspectiva amplia y con la convicción de que apenas se ve la punta del iceberg.

«La violencia contra las mujeres es un tema mucho más amplio de lo que se plantea, cualitativa y cuantitativa -explica- porque solo conocemos lo que se sabe de denuncias y de quienes acuden a los servicios públicos o privados. Pero con lo cualitativo ocurre algo similar. Los casos de estas personas no son representativos de la situación porque se trata de asuntos muy graves, porque comportan parte de lesiones importante, pero no sirven para detectar si estamos en momentos de inicio de la violencia, cuando todavía el caso no tiene calado para ser judicializado». En este sentido, es un avance que se hayan penalizado las faltas, que se considere delito el maltrato continuado, pero aún queda por calibrar y «sigue siendo muy difícil establecer, considerar o incluso como forense, peritarlo. Porque verdaderamente ¿dónde ponemos el límite de decir aquí?. La violencia de género -concluye- obedece a más motivos y circunstancias que las que nos encontramos a nivel judicial».

Los tratados internacionales, y de ellos el reciente el convenio de Estambul, consideran violencia contra la mujer, no sólo por pareja o expareja sino todo tipo de agresiones sexuales, la ablación, los matrimonios forzados o la trata. «Estamos hablando, pues, de algo mucho más amplio» y recuerda que «cuando llegamos a la Ley Integral, y yo tuve el privilegio de formar parte de toda la movida, hubo que acotar. La ceñimos a la violencia en pareja o expareja, el maltrato físico, sicológico, económico, pero es mucho más».

Educación y sometimiento

Sobre todo, cobra protagonismo la violencia sexual, que Sepúlveda define como «el más oscuro y secreto maltrato». Se gesta «en la desigualdad y la educación desigual», pero hay un punto de partida importante, que es la aparición en los adolescentes. A la directora general le preguntan con frecuencia si hay un repunte. «No lo creo, lo que hay es una reproducción de roles, una continuación» de los papeles tradicionales.

«La violencia sexual está encapsulada», afirma, y reside en estos roles que se confunden con el amor romántico y que se plasman en especial en las relaciones sexuales, «donde la mayoría van en contra de la propia libertad sexual, entendida como consentimiento, es decir qué quiero hacer, cuando hay chicas que quieren una relación parcial y se ven obligadas a una total, felaciones, coitos anales o relaciones que no desean. Qué quiero hacer cuándo, con quién, cómo lo quiero hacer».

La experta advierte, también desde su trabajo como forense, de la falta de una educación sexual libre y consciente y es explícita a la hora de abordar la situación: «La mayoría de las veces la auténtica presión o coacción, muy secreta, está en tener relaciones sexuales sin un auténtico conocimiento, porque la educación sexual en los chicos está siendo a través del porno, de ahí que repitan estos patrones, con penetraciones brutales, por ejemplo. Mientras las chicas tampoco tienen esa educación y se ven condicionadas a tener estas relaciones porque piensan que ‘si no me va a dejar’, ya sean relaciones completas, te lo puedo decir porque es un dato contrastado, en las que se sustituye el coito anal por el vaginal no solo por miedo a un posible embarazo, sino por tal de realizar el coito, por la presión, la coacción de realizarlo. De este modo se va gestando una relación de dominio muchas veces basado en un sexo que parece consentido pero que está condicionado por el estereotipo y el rol de género».

Cuando se trata de parejas más mayores, caen como losas los estereotipos culturales. Por ejemplo, ese «refrán tan horrible» de que los conflictos de pareja se arreglan en la cama: «No -exclama-, es que tenemos unos estereotipos de amor romántico que hay que ver el daño que hacen». Como las ‘armas de mujer’: «Estamos ya cosificando a la mujer, condicionando la relación sexual y utilizando el sexo como forma de control y sumisión. Y algo más importante, le da a las mujeres una falsa sensación de control a través del sexo, cuando en realidad están siendo utilizadas y cosificadas. ¿Las armas de mujer? ¿Eso qué es? El sexo. No puede ser más machista».

Incluso, reflexiona que con esta educación que hemos recibido, estos lugares comunes en que nos hemos criado, no es de extrañar que las propias mujeres terminen por ser más machistas que los hombres.

Después de su larga experiencia, su investigación académica, después de haber hablado con más de tres mil mujeres, Ángeles concluye que «la mayoría no sienten que vayan a una relación igualitaria, sino que se encuentran coaccionadas, forzadas y hasta alguna dice ‘forzada por mí misma’ para arreglar una relación. Eso tiene que ser motivo de reflexión sobre cómo nos estamos encaminando».

Víctimas y verdugos

Ángeles ha estudiado el trastorno de estrés postraumático en mujeres adultas que habían sufrido violencia sexual de niñas y sabe bien de qué habla. Su trabajo distingue entre víctima (de toda edad, clase y condición) victimario (igualmente un hombre de cualquier tipo con muy diversas relaciones con su víctima) y los hechos, igualmente muy distintos. De ahí la dificultad de establecer patrones. Pero sí concluye con pruebas empíricas que la superación de las consecuencias de una violación es más posible cuando se trata de mujeres violentadas por desconocidos o en situaciones puntuales, mientras que se complica cuando se trata de abusos en ámbitos cercanos. Los primeros casos «son los más conocidos, los que más salen en los sucesos», pero la violencia intrafamiliar es la gran desconocida.

«Pensaba que el grado de ansiedad de depresión, de que el mundo se te viene encima cuando vas por la calle lo tenían más las mujeres que habían sufrido violaciones duras y con graves lesiones. Pero no, curiosamente tenían mejor pronóstico y abordaje terapéutico y menos secuelas, salvo alguna que había quedado muy deformada. Las que más problemas sufrían eran las chicas que tenían abuso por parte de una persona cercana, normalmente su progenitor, porque tenían menos apoyo familiar, la gente las creía menos, y sufrían abuso continuado, había una parte como de ‘participación’, entre comillas, de la víctima, que no da su consentimiento pero al haber entrado en esa situación abusiva se le vuelve en contra, ‘esto ocurre porque tú quieres’, entran en un chantaje emocional y mantienen más el silencio. Esos abusos son lo que tienen peor pronóstico, aunque puede que no tengan lesiones, si no les han pegado, pero la vampirización que han sufrido las víctimas les ha hecho anularse más».

En este sentido, la directora general apoya el registro de delincuentes sexuales y la obligatoriedad de que los profesionales que traten con menores presenten un certificado de no figurar en él, pues lo considera un gran paso adelante para erradicar abusos en estos ámbitos y edades.

En el fondo, hay además una gran anomalía. El remedio se plantea con no ir por lugares desconocidos, tener cuidado con los extraños, con lo que se dice o con la ropa que se viste: «La cultura machista impera hasta tal punto que nos enseña a las mujeres a protegernos de los abusos de los hombres. ¿Qué pasa, que a los hombres les pueden tanto las hormonas que no pueden controlarse y las mujeres nos tenemos que proteger? Estamos invirtiendo la carga de la prueba. Con el añadido de que preservarse es también preservar su pureza, porque una mujer que ha sido violada o abusada es una mujer que vale menos. Mercancía dañada».

Parece que el tiempo no hubiera transcurrido, que no estamos en el siglo XXI ni en la sociedad 2.0 por lo que se refiere a la vida de las mujeres, que la revolución sexual no ha sido para todos: «La libertad sexual se basa en el consentimiento y no se educa en el consentimiento muto. De hecho, los delitos contra la libertad e indemnidad sexual tienen hasta el año 99 carácter de delitos contra la honestidad».

Las estadísticas hablan de una violación cada ocho horas en Andalucía en 2015, pero Selpúlveda añade otro dato, procedente de los estudios de la OMS y otras macroencuestas, que recogen que una de cada cuatro mujeres ha sufrido en su vida algún tipo de abuso sexual, desde graves agresiones hasta acoso en un autobús.

Un problema social que clama por ser abordado en su justa dimensión.

 

Lalia González-Santiago | SEVILLA

@Laliags

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