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Los burdeles de Legazpi, a tope dos meses después de la detención de 21 personas

Publicado en: Noticias
  • Las prostitutas han vuelto a los dos edificios-burdel de Delicias y el juez ha dejado en libertad a los detenidos, acusados de trata y organización criminal
  • Macrorredada policial contra la prostitución en la ‘Babilonia del sexo’ madrileña

 

Hace dos meses, la Policía irrumpía en los macroprostíbulos de Delicias, la llamada Babilonia del sexo, muy cerca de la glorieta de Legazpi, en funcionamiento desde hace al menos un cuarto de siglo. Los agentes liberaban a 17 chicas prostituidas contra su voluntad y detenían a 21 personas que las obligaban a ejercer y se lucraban con la esclavitud sexual. Hoy, como si nada de eso hubiera sucedido, todo ha vuelto a su ser. La mayoría de mujeres sigue trabajando allí e incluso los responsables policiales creen que los mismos proxenetas han vuelto al lugar, con la posibilidad de que más chicas sean forzadas a prostituirse.

Todo ha cambiado para que nada cambie. Apenas unas pocas de las mujeres prostituidas han tenido la valentía de denunciar a sus captores, a los que el juez ha dejado en libertad tras su detención. Al igual que ha ocurrido en casos anteriores, se podría dar la circunstancia de que los proxenetas atemorizaran a las denunciantes cara a cara, con la posibilidad de que éstas cambien sus declaraciones y el procedimiento -por trata de personas y organización criminal entre otros tipos delictivos- encalle, como suelen encallar las causas contra macroprostíbulos. Un caso, en definitiva, paradigmático de lo complicado que es para los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, con la ley en la mano, combatir la trata de mujeres para explotarlas sexualmente.

El mito de Sísifo, en el que los dioses obligaban a un hombre a empujar una piedra hasta la cima de una montaña sólo para verla caer una y otra vez, tiene una peculiar encarnación desde hace años en el sur de la almendra central de Madrid. Allí, en los números 127 y 133 del paseo de las Delicias, dos megaprostíbulos funcionan a pleno rendimiento desde principios de los 90. Recortes de prensa del año 94 dan fe. En ellos se referían cómo los vecinos se quejaban de la degradación del lugar.

Hoy, un cuarto de siglo después, nada ha cambiado pese a la operación policial que abrió en canal este lugar el pasado 13 de noviembre. En ella, la Brigada de Extranjería detuvo a 21 personas y liberó a al menos 17 mujeres que estaban siendo prostituidas, en principio, contra su voluntad. Los proxenetas las forzaban a estar disponibles 24 horas al día y las vigilaban mediante un circuito cerrado de videocámaras para que la máquina de hacer dinero no se parara nunca.

 

El número 133 del paseo de las Delicias, donde se encuentra uno de los macroprostíbulos. | JAVI MARTÍNEZ

Cinco millones de euros al año

La causa sigue secreta y no han sido muchas, como suele suceder, las mujeres que osan acusar ante la Policía y los jueces a sus chulos. Se trata de pruebas preconstituidas que dejan ya indelebles los testimonios ante la posibilidad de que las víctimas sean presionadas para desdecirse con posterioridad. En este caso ni siquiera se habían producido estas declaraciones y los dos megaprostíbulos estaban ya funcionando de nuevo «a todo trapo». La pieza que faltaba para completar el puzle llegó a finales de diciembre. El magistrado encargado de la causa liberó a los detenidos que permanecían encarcelados, lo que permitió su retorno para controlar de nuevo el lugar.

Los investigadores policiales se golpean una y otra vez con el garantismo del sistema, la inviolabilidad del domicilio -casi toda la prostitución callejera se ha trasladado a interiores- y contra la dificultad de conseguir denuncias por parte de las explotadas. En Delicias, precisamente, una de las mujeres consiguió escapar, denunció los hechos y propició que un juez de Plaza de Castilla, el de Instrucción 31, se lanzara a desarticular el entramado.

La operativa era enorme. En el número 127 del Paseo de las Delicias, a entre cuatro y seis mujeres por planta, se calcula que con unos 300 euros de beneficio por chica al día, los investigadores estiman que la organización facturaba cinco millones de euros al año, pagando 6.000 euros al mes de alquiler. En el número 133, propiedad en parte de una nieta de Francisco Franco, como se publicó en su momento, hay 17 pisos dedicados a estos menesteres e incluso un local, en el bajo, con licencia municipal en vigor como lugar de masajes -es decir, supuestamente, pagando impuestos al Ayuntamiento-.

Siempre según la investigación, en el interior de ambos locales se vendía droga, y en la operación se incoaron seis expedientes de expulsión de España a otras tantas personas que no estaban regularmente en el país. La organización contaba además con dos negocios para blanquear, y con un responsable económico, detenido en La Coruña, que facilitaba contratos de trabajo falsos a las chicas que eran arrastradas a la prostitución desde el extranjero, con promesas de trabajo como tapadera.

 

Engañadas por el método del ‘lover boy’

Algunas de las mujeres, asiáticas, africanas y latinoamericanas en su mayor parte, eran engañadas con el método del lover boy [el novio que las reclutaba así en su país de origen] y sus familias recibían, y reciben aún, amenazas si denunciaban los hechos. Mantenían abultadas e imaginarias deudas con sus captores por traerlas a España que debían saldar prostituyéndose, y que en realidad no sólo no descendían, sino que aumentaban progresivamente.

Los beneficios de la trama eran tan voluminosos que los jefes de la organización llegaron a intentar comprar el edificio del número 127 por millón y medio de euros, según ha detectado la Policía.

Los investigadores, en todo caso, pudieron desarticular con orden judicial toda la operativa delictiva desplegada en el número 133. El otro inmueble dedicado íntegramente al lenocinio, el del 127, permaneció intacto, funcionando a pleno rendimiento.

Recortes de prensa de mediados de los años 90 refieren cómo se defendía entonces el aún hoy propietario, según la investigación, de las quejas vecinales. «Siempre que los inquilinos me paguen, no es de mi incumbencia cómo se ganen la vida», decía B.M.P. «A mí personalmente no me ocasionan problemas y me resultan más cómodos que otros inquilinos. Unos estudiantes casi me destrozan el piso».

 

fuente: quico alsedo
elmundo.es

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