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Una vida en el monte Calvario

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  • Miles de subsaharianas que intentan llegar a España malviven atrapadas en Marruecos
  • En el camino quedan atadas a las mafias o tienen que depender de ‘falsos maridos’
  • Los marroquíes no quieren contratarlas porque no les gusta el color de su piel
  • Suelen tardar entre dos y tres años en llegar a su destino y son violadas en el viaje
  • Son víctimas de trata y explotación sexual y laboral pero muy pocas lo denuncian
  • Richa: ‘Si hubiera sabido que iba a vivir esta tortura, jamás hubiera salido de mi país’
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Las nigerianas Richa, Joys y Susan, obligadas a ejercer la mendicidad, con sus hijos. REBECA HORTIGÜELA

 

 

Richa, de 28 años, es una de las miles de mujeres que se quedan atrapadas en Marruecos. Llegó en 2009 deseosa de cruzar a Europa, pero la falta de dinero y Ela, el bebé de un año que sostiene en sus brazos mientas mendiga en Rabat, le hicieron imposible seguir el camino. Tardó un año en llegar a Marruecos desde Nigeria, el país que tuvo que abandonar tras la muerte de sus padres y las duras condiciones de vida a las que se enfrentó tras perder a toda su familia.

En dos ocasiones fue violada en la frontera con Argelia. “Da igual que tengas dinero o no lo tengas, si eres mujer, te violan, sí o sí”, cuenta Richa a EL MUNDO desde la calle del centro de Rabat en la que mendiga.

Sorprendentemente, la violencia que soportó su cuerpo a los 22 años no impidió que perdiera la ilusión y la fe en conseguir su sueño: una vida en el viejo continente. Pero los seis años que lleva mendigando en Marruecos, de siete de la mañana a siete de la tarde, sí le han robado de golpe la esperanza de alcanzar lo que tanto anhelaba.

Seis años, 12 horas, todos los días. Menos el viernes, que a la una del mediodía deja la mendicidad para ir a la misa que ofrece la Iglesia católica de Salé, ciudad próxima a Rabat en la que vive porque los alquileres son más bajos. Comparte casa con otras seis personas en su misma situación. “Así es más fácil tener algo que llevarse a la boca”, explica.

Las heridas del camino

“Sólo quiero un trabajo para ganar dinero. Ya me da igual llegar a Europa o no llegar. Lo que me gustaría es ganar un poco de dinero para dejar de mendigar, o para poder volver a mi país”, sigue contando. Richa tiene la carte de sejour marroquí. Marruecos se la concedió en una regularización masiva de inmigrantes -acaba de regularizar a 9.000, según datos de la ONG Gadem-, pero de nada le sirve. “Qué más da que la tenga o no. No hay trabajo y, si lo hubiera, nunca sería para mí. Piensan que estoy enferma y sucia y que les voy a contagiar cualquier cosa sólo por el color de mi piel”, sigue explicando en un inglés fluido y bien pronunciado.

Éste es sólo el testimonio de una de las mujeres que han puesto su vida en manos de las dolorosas fronteras, del desierto, de los interminables caminos que les traen a Marruecos, para conseguir una vida mejor, una vida digna o, simplemente, una vida.

Según Gadem, una de las asociaciones marroquíes más activas en la ayuda a los inmigrantes, estas mujeres suelen tardar entre dos y tres años en llegar al destino desde el que salen de sus países de origen. Tardan más que los hombres, cuyos viajes suelen ser de menos de un año, dependiendo del país del que vengan.

Ellas emprenden el camino en soledad, aunque en la parte más difícil de su peregrinación hacia el sueño anhelado, el desierto del Sáhara, se juntan con otros inmigrantes de su país; son ayudadas por mafias a las que quedan atadas de por vida hasta que no devuelvan el dinero o usan la figura de los falsos maridos, protectores con los que tienen que actuar como perfectas mujeres, dándoles los que ellos pidan a cambio de un poco de ayuda para superar los contratiempos con los que la travesía amenaza.

Una vez que alcanzan Marruecos, las dificultades no disminuyen. Tienen pocas opciones de encontrar un trabajo. Muchas se quedan en las principales ciudades, como Rabat, Casablanca o Tánger, ejerciendo la prostitución, mendigando o trabajando como empleadas del hogar en condiciones casi de esclavitud. Es el caso de Rokhaya, que pensaba que iba a cuidar a los niños de una familia marroquí y acabó siendo su esclava. Según sus palabras, era sometida a constantes faltas de respeto y humillación. Otras siguen su ruta al norte para cruzar a Europa y viven en mitad del monte.

Las redes de trata

Según ha podido conocer este periódico, en los bosques próximos a Melilla hay un gran número de mujeres, aunque suelen pasar desapercibidas. Casi nunca se acercan a la valla. Ellas prefieren el mar para cruzar a la tierra prometida: España.

En el monte Gurugú, el más conocido por el gran número de personas que habitaban en él antes de que fuese desalojado hace dos meses, sólo había cinco mujeres, dos de ellas embarazas, entre 1.200 subsaharianos. Ellas escogen los bosques más pequeños, como el Jeudi Ancien -en el que habitan 300 personas, 35 de las cuales son mujeres-; el Bolingo anglófono -en el que viven 68 mujeres y 13 niños-; el Bolingo francófono -en el que hay 200 personas y un 20% son mujeres-, o el monte Joutya -en el que, de 80 personas, 25 son mujeres y niños-.

“Las mujeres del Bolingo anglófono y de Jeudi Ancien son víctimas de trata y son explotadas sexualmente (ejerciendo la prostitución o mediante violaciones) y laboralmente (a través de la mendicidad o labores de hogar en los campamentos), pero muy pocas denuncian por miedo a su integridad física o a la de sus familias, o porque tienen deudas económicas con los propios traficantes. El resto de campamentos probablemente estén en redes de tráfico, pero no de trata”, cuentan distintas entidades sociales de Nador.

La redes de trata comienzan captando a las chicas a través de engaños y falsas promesas de conseguirles trabajo o papeles y continúa durante todo el camino, tanto en los países de tránsito como en el de destino. “Estas mujeres de los montes supuestamente están en tránsito y son explotadas sexual y laboralmente. El control sobre su vida por parte de los tratantes es total”, denuncian las ONG.

“Si hubiera sabido que iba a tener que vivir esta tortura, jamás hubiera salido de mi país”, lamenta Richa, la mujer dulce que juega con su niño mientras mendiga 12 horas en Rabat para conseguir tan sólo 50 dirhams [cinco euros] al día. “A los marroquíes no les gusta darnos dinero, piensan que estamos sucias. Sólo algunas mujeres que viven en el barrio y me ven todos los días se paran a darme algo”, concluye.
 

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