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Vagalume ofrece alternativas para abandonar la prostitución, aunque el paro juega en contra

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Puestas que se abren para dejar la calle

 

El objetivo no es sacar a las mujeres de la prostitución, aunque en el fondo, ofrecerles dignidad es darles esa oportunidad. Pero en Vagalume no juzgan, no sientan cátedra, no pontifican. Solo dan apoyo. Esa es la finalidad del programa de atención a las mujeres que viven del mercado del sexo en Santiago y alrededores. «Creemos en la libertad de la mujer y se le ofrecen posibilidades para elegir». Así resume Cleofé Rodríguez el trabajo que la congregación de Oblatas realiza en la ciudad desde 1903, aunque fue en los noventa cuando se asentaron en O Pombal para asistir a las prostitutas del tan traído y llevado barrio compostelano. Desde entonces, han cambiado mucho las cosas. En O Pombal solo queda un bar con mujeres que siguen ofreciendo sexo. Ahora, la mayoría son inmigrantes, pero la discriminación que sufren, la vulnerabilidad y la soledad sigue siendo la misma. O peor, a miles de kilómetros de sus hogares.

FOTO: Sandra Alonso. En O Pombal ya solo queda un local en el que todavía se ejerce la prostitución.
FOTO: Sandra Alonso. En O Pombal ya solo queda un local en el que todavía se ejerce la prostitución.

El proyecto de la congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor se puso en marcha en 1864, cuando el monje José María Benito y la institutriz Antonia María de Oviedo crearon en Madrid un centro de apoyo a las mujeres que ejercían la prostitución y que se morían en las calles solas y en penosas condiciones, víctimas de la miseria y las enfermedades venéreas. Su labor se fue extendiendo y a principios del siglo XX llegaron a Santiago, donde llevan más de cien años de servicio a quienes, por su condición de mujeres, su escasa formación y su falta de apoyo constituyen el escalón más endeble de la sociedad. Al principio esa asistencia era sanitaria y caritativa, pero hoy lo que se les ofrece a quienes malviven del sexo es una red de apoyo para mejorar su calidad de vida y hacerse con recursos que les permitan, si así lo desean, dejar la calle, o al menos mantener su dignidad. «Se les dan herramientas para elegir o se potencia las que ellas ya tienen», puntualiza Lourdes, educadora de Vagalume.

El proyecto surgió de un convenio entre la congregación de Oblatas y Cáritas de Santiago. En la sede de la calle Loureiros se les ofrecen diversos programas para que las mujeres elijan lo que más les interesa. «Unas vienen solo porque quieren hacerse la tarjeta sanitaria, otras porque necesitan un abogado, las hay que asisten a los cursos de formación, y algunas que quieren salir de la prostitución o normalizar su vida». Vagalume trata de resolver los problemas o situaciones que ellas solas no pueden afrontar, incluso tomar un café contra la soledad. «Las que trabajan en los clubes, en su mayoría extranjeras, no conocen a nadie fuera de ese entorno, y a veces necesitan hablar con alguien». Para eso está Vagalume y un equipo formado por Cleofé, la coordinadora, tres educadoras, dos psicólogas, una abogada y un grupo de voluntarios. A mayores, la entidad tiene un piso de acogida para víctimas de trata o situaciones de emergencia y un centro psicofamiliar para las que tienen hijos.

Páginas de contactos

El personal procura llegar a todos los puntos en los que sabe que hay prostitución, generalmente a través de las páginas de contacto. Mediante encuentros concertados en los pisos o visitas a los clubes de alterne, el equipo de Vagalume se presenta, informa a las mujeres de la red de apoyo a la que pueden tener acceso y se les entrega material profiláctico. Después si ellas quieren, llaman a las puertas siempre abiertas de la entidad.

A diferencia de lo que ocurría a mediados del siglo XX, cuando la mayoría de las mujeres que ejercían la prostitución eran españolas con problemas de alcohol o drogas, hoy en día el 99 % de ellas son inmigrantes. Y con distintas escalas, porque no es lo mismo una africana víctima de la trata que contrae con los traficantes una deuda que puede alcanzar los 60.000 euros que una sudamericana que llega más o menos engañada y ?solo? debe entre 3.000 y 6.000, o una rumana a la que explota su propio marido o su familia y que vive esclavizada por sus proxenetas. En todo caso, las deudas, las enfermedades, las hipotecas adquiridas en sus países de origen, la necesidad de enviar dinero para sus hijos o hermanos y actitudes machistas enraizadas en la sociedad las dejan en un callejón sin salida. Solo las puertas abiertas de entidades como Vagalume les ofrecen alternativas. Es por eso que las prostitutas españolas apenas hacen uso de sus servicios. «Ellas tienen otros recursos, generalmente acuden a los servicios sociales».

De hecho, en la actualidad solo acude una española a los talleres de formación. De las doscientas que llegan con una demanda, la mayoría son inmigrantes, como extranjeras son también las setecientas con las que se contacta a lo largo del año, vayan o no después a Vagalume. Y eso que las puertas no se cierran para nadie, ni para los transexuales -alguno hizo uso de sus servicios- ni para los hombres. «No vino ninguno, pero si vienen, se les atiende también».

Dejar la calle es difícil. En Vagalume se vive con los pies en la tierra. «Son pocas las que lo dejan, pero hay mujeres que lo consiguen. Nosotros, de hecho, no hablamos de prostitutas sino de mujeres que ejercen la prostitución, es una etapa de su vida». Pero una etapa con la que cuesta romper, porque para poder dejar la calle hay que encontrar un trabajo digno y medianamente remunerado, y si eso es complicado hoy para cualquier persona, las barreras con las que se encuentra una mujer extranjera sin formación y que a veces ni siquiera conoce el idioma son a menudo insalvables. «¿Cómo voy a decirles yo lo que tienen que hacer para darles de comer a sus hijos?», reflexiona Lourdes.

Las puertas de Vagalume estén franqueadas, aunque las ataduras de la calle impidan traspasarlas. Pero se ve la luz al fondo.

 

Por: Susana Luaña

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