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Violencia cero

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Maria Ángels Viladot

Professora de la Universitat Oberta de Catalunya. Escriptora i Editora.

 

 

Uno de los actuales debates sociales en todo el mundo occidental es el de la prostitución de las mujeres. ¿Es bueno o no legalizar los prostíbulos? ¿Y retirar las prostitutas de las calles? ¿Y admitir la prostitución como un trabajo más, con lo que esto significa en derechos y obligaciones laborales? Los intereses económicos son evidentes: en España las más o menos seiscientas mil prostitutas mueven al año 3.700 millones de euros como mínimo. Las mafias buscan ávidamente el lucro puro y duro y les importa un bledo la manera de conseguirlo. La violencia, la explotación y el dominio descarnado sobre estas mujeres “públicas”, a disposición de todos los que quieren comprar sus servicios, es un hecho archiconocido.

Los partidarios de hacer una distinción entre la prostitución voluntaria y la forzada nos aseguran que hacer la calle tiene aspectos positivos; afirman que a muchas prostitutas les gusta su profesión, que ejerciéndola son empresarias de su trabajo, y que, además, es una tarea “fácil” que permite una buena situación económica. No me extrañan las expectativas monetarias ante la notable demanda en este terreno. En cambio sí que me sorprende que los partidarios de hacer esta distinción se olviden del debate sobre la prostitución en sí misma, del por qué de su existencia y el trasfondo que la sustenta. Porque no es cierto que las prostitutas que lo son por voluntad propia (dos de cada diez) se escapen de las vejaciones y del concepto retorcido de sexualidad basado en la dominación, tantas veces brutal.

Los países que han optado por la reglamentación (Alemania y Holanda son claros exponentes) consideran la prostitución como una válvula de escape para los hombres. De hecho, enfatizan los legalistas, podemos combatir la pobreza, las guerras y las enfermedades pero no podemos luchar contra la prostitución, porque es un hecho natural con el que tenemos que aprender a convivir. “La prostitución ha existido y existirá siempre”, no importa que las mujeres sean un consumo de entretenimiento de los hombres, una mercancía para comprar y vender. Es un mal necesario y las prostitutas realizan una labor social de contención de gran importancia. En mi opinión, detrás de la prostitución no hay un problema de sexualidad, sino de desigualdad entre los géneros. “La profesión más antigua del mundo”, así alzan la voz con veneración los defensores del status quo. Yo más bien diría que es una de las formas más antiguas de violencia y dominación masculina.

El fracaso de la legalización de la prostitución en Holanda es muy significativo. La policía ha llegado a verse obligada a cerrar una de las zonas del barrio rojo más famosas de Ámsterdam: el comercio con niñas se ha desbocado … la mafia se ha sentido aún más fortalecida en el negocio económico ultra lucrativo de la pornografía, de las strippers y, evidentemente, de las redes de comercio sexual que se esconden detrás de los telones. Violencia enconada, que también lucra de impuestos legales las arcas de los gobiernos bajo el eufemismo de la reglamentación. Sin tener en cuenta que la mercancía comercializada es el cuerpo humano.

Para los abolicionistas, la profesión más antigua del mundo es también la que permite mostrar sin tapujos la hipocresía y la doble moral de la sociedad. Se difama la prostitución pero se la tolera. Más incomprensible es la presión en los medios de comunicación para aniquilar, con maneras cultas y edulcoradas, las actitudes en contra para convertir esta actividad en un trabajo más, una actividad profesional como cualquier otra. En nuestro país parece que no interesa entender que la prostitución no es un problema de las mujeres sino de los hombres que la causan. No interesa entender que un encuentro íntimo debería ser libre y que la mayoría de prostitutas ejercen como tales por necesidades económicas. En países como Suecia se penaliza al cliente, en lugar de a la oferta. Suecia, como muchas otras veces en estos asuntos de hombres y mujeres, ha puesto el dedo en la llaga. En un inicio se decía que prohibir la demanda conduciría a un desplazamiento de la prostitución de la calle o del burdel a lugares más siniestros. Los resultados han desmontado lo de la naturaleza inevitable de los hombres pues la demanda ha caído en picado. Poco después de poner en práctica, en 1999, políticas de penalización al cliente, el número de prostitutas se había reducido entre un 30% y un 50% y el de la clientela entre un 75% y un 80%.

Mientras discutimos si optamos por los Sirios o por los Troyanos, la violencia contra las mujeres continúa. No se puede permitir ningún tipo de violencia contra la mujer y, para mí, la prostitución lo es.

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